El taxista me pidió permiso para tratarme de tú y se lo di encantado. Aunque me chifló que me hablara de Ud. al principio, porque me gusta que me traten con cortesía y hacerlo yo, el tú me hace sentir mucho más cómodo y cerca. Pero sé que no conviene empezar por él, en atención al otro y a uno mismo.
Hablamos de la vida y empezamos, como siempre se empiezan las amistades, rozando los asuntos, contándonos nuestras cosas privadas, como si no fueran nuestras, usando a personas imaginarias para hablar de nosotros mismos. Luego, pasamos a otro espacio, y desde el tú, nos contamos que somos razonablemente felices en nuestras vidas, porque estamos con nosotros mismos. Y coincidimos: eso es mucho más rentable y gustoso, que estar en lo material o dependiendo de los demás. Finalmente, uno siempre está solo, aunque crea que no.
Me parece inteligente. Me dice que aprende mucho en su taxi, porque cada día conoce gente diferente que necesita que le escuchen, sobre todo porque no los volverá a ver. Y entonces, me cuenta que no necesita grandes cosas en la vida, excepto cumplir su sueño. La curiosidad me mata, pero no la aparento.
China le espera, aunque no sabe cuándo podrá ser.
Le cuento el mío: uno infantil y peliculero que, pronto, será verdad, si estoy aquí. Ir a NY una Navidad y hacer todas las tonterías de las películas. Ni museos, ni cultura densa. Árboles de Navidad, patinaje, grandes almacenes y muchas luces. Con suerte, algo de nieve, pero no como para no poder volver.
Me despido de él. Mientras saca mi maleta, le digo que no deje de cumplir su sueño. Que es muy importante. Que debe hacerlo. Me dice que se alegra de que yo, pronto, pueda cumplir el mío. Le doy la mano. Y pienso en voz alta: ojalá la vida nos reencuentre, en este taxi, en unos años, y nos contemos que lo hicimos. Ojalá.



